El 23 que soñé. El
23 que me negaron.
El 24 que desperté y tú no estabas.
¿Sabes,
Paula? Has logrado que te asocie con un día: el 23 de abril. El 23 de abril siempre estaba reservado a la
literatura; pero ahora, además, le has proporcionado un toque saudade. Sí,
ahora ese 23 me provoca una sonrisa triste. Porque sé que no volverás a recitar.
Sé que me perdí tu despedida y que ya no escucharé tu llanto tan lleno de
cariño y abandono. Mas sonrío, porque seguro debiste transmitir mucho aquel
día. Sonrío, porque has logrado que sienta algo más, si cabía, de un 23.
Abril patalea, llora, araña desde dentro. No comprende que lo mejor para ella
es no llegar a existir, no comprende que su vida le fue robada el día que te
negaron la primavera, Paula. Abril quiere vivir, porque ella sólo lo siente
así, no comprende el dolor de esperar una primavera que nunca llegó.
Y no puedo evitar verme reflejado en ella; y sentir que esperaba tu voz por
Zaragoza... y me sobrevino el silencio en su lugar. Ahora escribo con frío. Ya
sabes lo temperamental que es Abril, que tan pronto quiere salpicarte de
alegría pisando charcos como te pide que la lleves a visitar su tumba hecha de
rosas: con mucho amor; aunque también con espinas ¿cómo no? y mucho dolor, una
tumba que no es otra cosa que tú, Paula.
Me sorprendo, sonriendo, fantaseando con haber estado rodeado de libros,
sentado entre desconocidos (todos menos tú, claro). Y me imagino que no me
reconoces, que llega el momento de los aplausos y de acercarse a conocer a la
autora aún con los ojos vidriosos y la sonrisa acompasando la emoción
contradictoria que supone escucharte, leerte al fin y al cabo. Estoy a punto de
irme a la sección de ciencia ficción, cuando, de repente, me pongo una gorra gris
con líneas negras perpendiculares cruzándose entre si... y ahí está: Un brillo
en tu mirada diferente al que habías tenido durante toda la velada. Piensas que
no puede ser; pero algo en tu interior te susurra que sí, o que al menos
deberías jugártela. Por muy cansada que estés del dolor no deja de ser un 23 de
Abril, ¿quién se atrevería a manchar ese día con sangre de corazón podrido?
¿Quién iba a querer jugar a herir teniendo tanta literatura de desamor
encubierta entre otros géneros literarios? ¿Quién?
Así que, decidida, te limpias la máscara de pestañas que ya empezaba a
derretirse por tus mejillas y caminas hacia la sección de ciencia ficción.
-¿A qué juegas?- Me susurras como carta de presentación mientras me pillas
hojeando a Isaac Asimov. El susto que me llevo en ese momento no es mediano.
Por mucho que trate de disimularlo, tú me sonríes, sabes que me has hecho
temblar recordándome nuestro primer encuentro lírico y que eso me asustaba a la
vez que me encantaba.
Yo, con nuca de idiota, como quién nunca ha sentido una caricia real ahí te
miro. "Estás aquí de verdad y me has reconocido" pienso para mis
adentros. Pero apenas puedo escucharme porque otro pensamiento se colapsa
enseguida: "A ver, yo no quería interrumpirte..." "Prefería
esperar a después..." "Miedo, miedo a ser rechazado una vez más, por
eso me iba ya..." "Joder, sincérate" "Es Paula, no te va a
comer, no haría eso" "¿O sí?" "Deja de sonreírte de esa
forma tan verde y dile.."
-Me alegro de verte.
"Olé, y la sonrisa tonta que no falte..." "me alegro de
verte" " ¿eso es todo lo que tengo que decirle? la he estado viendo
ya un buen rato y aguantándome el maldito deseo de..."
-Quiero decir- prosigo- que me ha encantado escucharte recitar, que te he
sentido muy humana para ser que no existes y... si te soy sincero, me ha
entrado miedo de no estar a la altura... porque después de todo lo que nos
hemos escrito... bueno...
En ese momento Paula me abraza y yo acabo por fin de enmudecer. Ahora sí, la
siento más real si cabe.
Paula, no sólo me diste un abrazo, me diste confianza, cariño, fuerza en mí
mismo. Ya no había pensamientos, no estaban las múltiples voces que hasta hace
un momento enardecían mi miedo y maniataban mi voluntad de expresión.
Aproveché el momento en el que ya sientes que se despegan los brazos para rozar
sus labios con los míos como quien no quiere la cosa. Creo que se debía sentir
la vibración de los dichosos latidos por toda la librería de la Casa del Libro
Fuencarral.
Eso ya fue un detonante, nos quedamos mirando durante cerca de 6 segundos
reconociendo nuestros rostros y leyendo entre miradas todo lo que nuestros
cuerpos estaban deseando vitorear.
Mi mente seguía en paz, sólo había espacio para sentir. Para sentirte conmigo.
Espacio rellenado de temor para la soledad, que en ese momento estaba en un
rincón suplicando por su existencia.
Nos besamos...
Bueno... no. No lo hicimos. Justo en ese instante que estábamos ardiendo por
dentro una chica la reclamaba alegando que había venido de propio y que por
favor le firmase su cadáver que con tanto cariño había leído, que le hacía
mucha ilusión y que se sentía muy comprendida con los sentimientos tan duros
que se describían en él. Paula no tuvo mucha opción.
Pero la cosa no acabó ahí: tras ella vino otra persona, en esta ocasión un
chico de unos 27 años, alto y delgado, bastante guapo cabe destacar, con la
barba recortada a exactamente medio centímetro de grosor de la piel.
Paula le dedico una sonrisa y él empezó a hablar con ella acerca del cadáver.
Yo... no sabía qué hacer. Las ganas me decían que confiase y que me quedase
ahí. Pero de nuevo el miedo y las voces empezaban a apoderarse de mí.
"Dale espacio" "Igual has interpretado mal las señales"
"Suele pasar que a veces te esperas algo que luego no..." "Me
niego a creer que esto se queda aquí" "¿Y qué vas a hacer?"
"Tengo que respetar su espacio, no puedo acaparar su atención..."
"¿Pero tú te estás oyendo?"
-¡Paula!- "joder, ¿Por qué grito?" pienso para mis adentros- Perdona
que os interrumpa -prosigo de forma más calmada- me voy al baño un momento...
Paula me mira y me quiere decir algo; pero sus palabras no tienen éxito en
escapar de sus labios. El chico alto y delgado sigue en su empeño por ahondar
entre las páginas del cadáver. Pero Paula ya no está escuchando y decide cortar
la conversación al minuto de haberme ido.
Yo estaba lavándome la cara cuando abriste la puerta, Carlota. Era la segunda
vez que me quedaba paralizado en menos de 10 minutos. Para ser alguien que no
existe tenías la temperatura muy elevada... y para qué vamos a engañarnos: yo
no estaba bajo cero precisamente.
Ahora sí, nos besamos. Por fin, nuestras lenguas jugaban libres de miedos en
una boca... ¿desconocida? No me dio tiempo a secarme así que cada gota de agua
la sentía placentera sobre mi cara. Tenía todos los poros abiertos y la
sensibilidad a flor de piel como cabía esperar. No tardaste demasiado en sentir
mi pene abultando en los tejanos. Me llevaste las manos a tu culo para evitar
que yo me desabrochase nada, querías hacerme sufrir un poco ya que... bueno,
después de derribar todas mis inseguridades era lo menos que podías hacerme. Es
entonces cuando decides jugar a hacerme cosquillas con tu lengua en mi oreja,
muy sutil, nada intrusiva. No podía quedarme parado, decidí tomar riendas y
quitarte ese vestido que hasta ahora sólo me había permitido contemplar tus
hombros. Te llevo las manos a la espalda para inmovilizarte mientras te como el
cuello. Reparo en cierto lunar al noreste del pecho derecho y decido darle un
par de lametazos suaves. Mi paquete seguía apretándome así que tenía que
derretirte un poco más antes de que bajases la guardia y me permitieses
liberarlo. Mientras te abrazaba fuerte con mi brazo izquierdo para que no te
liberases de mi agarre, colé mi mano derecha entre medio de los dos y de esta
forma acariciarte los labios del sur a pesar de estar protegidos por el
pantalón... de momento.
Suspiras y es ahora cuando te libero. Me quitas la camiseta y me liberas por
fin de la cremallera opresora. Intento torpemente quitarte el sujetador pero
hace mucho que no practico y al final eres tú misma (con una sonrisa al notarme
como si se tratase de mi primera vez) quién se lo quita y lo pasas por mi cara
antes de decidirte a besarme de nuevo.
Me acaricias el miembro, sólo cubierto por la suave tela del bóxer. Yo te
acaricio los labios con el pulgar mientras mi lengua se dedica a hacer surcos
de saliva alrededor de tus pequeños y duros pezones. Nos lo estábamos pasando
de miedo, sin importar cuán miedo diese el pensar en qué pasaría después, y al
día siguiente, y al otro, y cuándo nos volveríamos a ver, y si acabaríamos
abriéndonos en canal, y si sobreviviríamos a tantos traumas acumulados y todas
esas cosas que constituyen nuestras ruinas emocionales.
Escuchamos un ruido en el exterior del baño, es probable que de un momento a
otro alguien entre, rápidamente nos metemos en uno de los cubículos del baño
cogiendo la ropa como podemos. Cerramos la puerta y nos tapamos la boca el uno
al otro. Pero nos estábamos engañándonos a nosotros mismos, nuestra respiración
era demasiado agitada para ocultarla.
"Tendríamos que buscar otro sitio" Pensamos al unísono.
Nos los susurramos casi a la vez y nos echamos a reír. Notamos complicidad y...
joder, nos gusta. Hacía tiempo que no nos sentíamos tan inocentes, tan
adolescentes. Parece que estemos volviendo a una época sin dolor. Al menos en
lo que refiere a temas de relaciones...
Nos vestimos sin salir del cubículo y... ahora sí, alguien entra. Escuchamos un
chorro caer, no tira de la cadena, se lava las manos, pulsa el secador que no
seca, y abre justo la puerta de al lado en la que estábamos para coger un rollo
de papel higiénico y secarse de verdad. Se pone a silbar un poco y se va.
Paula y yo suspiramos. Salimos rápidamente del baño rezando para que nadie nos
viese.
Ninguno de los dos sabíamos realmente a dónde podíamos ir. Ambos habíamos
llegado en transporte público y no disponíamos, por tanto, de auto en el que
desfogarnos tal y como nuestros cuerpos pedían a gritos.
Una vez fuera de la Casa del Libro le propongo tomar café en algún hotel para
conocernos un poco más mientras preparan alguna habitación. Ella dice que en
todo caso un té, que eso del café no iba con ella.
Ya estaba
atardeciendo y nos pusimos a callejear para tomar un atajo hasta nuestro
destino. Pero de pronto... en un cruce sólo me dio tiempo a ver dos luces y
luego... nada.
"¿Dónde estoy?¿Dónde está Paula?¿Y por qué hace tanto frio?" Ahora
puedo ver un techo blanco, tengo un tubo, probablemente sea suero, metido en
vena. Una mujer de bata blanca me dice que he tenido mucha suerte, que había
pasado toda la noche en observación y al parecer buenos moratones y rasguños;
pero nada grave. O al menos eso decía. Pero yo no me consideraba nada
afortunado en ese momento... porque tú, no estabas al amanecer, y de nuevo los
daños del corazón pasaron por alto a los médicos.
Le pregunto a la mujer por ti y dice que no sabe nada.
"¿Cómo podía estar pasándome esto? Por fin encuentro a alguien con quien
compartir de verdad y... ni rastro. Se suponía que era un 23 de abril. Se
suponía que no debían romperse corazones ese día. Se suponía que la literatura
nos salvaría de cualquier catástrofe."
Nadie sabía nada de ti.
Pues ya no era 23, sino 24. Y el sol bañó, con jabón olor abandono, la magia
que nos eyaculamos por encima la noche anterior. ¿Dónde estás? ¿Sólo has sido
la paja lírica con mayor carga emocional de la historia de la literatura?
Es probable que perdiese la cordura al verte recitar, si es que realmente lo
hiciste, y que me fuera al baño a tocarme pensando en ti. Es probable que
hubiera estado hablando solo en voz alta. Es probable que llevase tal despiste
que no viese el coche hasta que ya fue tarde. Es probable... pero no deja de
ser una mierda.
Como dice Sabina "Amores que matan nunca mueren" y como tú no
existes, no puedes morir. No te queda otra que ser eterna para mí. Que me hagas
sudar y estornudar teniendo orgasmos para siempre entre mis letras y las tuyas
cuando me sienta solo (y cuando no también). Que matarme para, al fin, que yo
pueda abrazar la inexistencia contigo. Y provocar, juntos, mucha más sensación
saudade al resto de las personas. Todo debido a un 23 de abril que nos fue
robado, que sólo quedó entre letras. No sé por qué digo "sólo" si ya
sabemos que para nosotros fue real y eso es lo que nos ha importado siempre.
El cariño provoca una vibración ensordecedora. No me quieras un 24, que Abril
duerme plácida y no molesta; seguramente soñando que está salpicando alegría
cosechada un 23 que nunca tuvo lugar.
Con cariño, Gor.